Típico: Niña busca niño, niño busca niña. En la vida real, nada. En el mundo de las apps, todo. Playstore, OKCupid, download. Sign in. Crear un perfil, (cómo te llamas, dónde vives, edad, gustos, dirty little secrets, qué buscas, SAVE).
A tu perfil aterrizan chicos (y chicas, si le pusiste que eres BICYCLE) y empieza el virtual-flirting. "Hola, ¿cómo estás?", "Hola, me gustaron tus labios". "¿En serio?, ¿te gusta MUSE?, ¿fuiste a sus mil conciertos cuando vinieron a México?". Aplicas la de Darwin: selección guapural, (o cultural, la que quieras). Si te late, le hablas; si no, lo omites. Como en la vida misma.
Te topas con el chavo guapo, inteligente y divertido. Obvio, no lo dejas pasar. Le das tu teléfono al quinto mensaje, para whatsappear, ya sabes. Comienza la plática amena, la linda, la tierna, la cero sexual. Te cae bien porque no es tan duro y a la cabeza (sí, ESA cabeza).
Te sientes tan en confianza y decides decirle que, como buena nerd, tímida (en cuanto a relaciones amorosas se trata) y acomplejada, te gusta todo lo que contemple sexo sin presencia del otro. Sí, has hecho el sexting como veinte veces antes, con cuatro personas diferentes, ya sabes lo que sí, lo que no, qué tono emplear, cuáles palabras clave usar. Mientras, tristemente te das cuenta que los hombres se calientan con las mismas mismísimas cosas.
Lo has hecho con un compañero de la primaria, otro que conociste en la calle, con un palestino y con WHO THE HELL? pero se sintió rico. Estás lista. Él comienza a preguntar sobre tu vestimenta, sobre lo que le encanta de ti (lo visible en la foto de WA), sobre lo sexy que se escucha tu voz. Comienzas a emplear un tono aún más sexoso. Se le para. Manda fotos. Te mojas. Te excitas tanto que en realidad sí desearías su presencia a tu lado.
Él también se ve guapetón, educado, con una voz no-sexy, pero si abre-piernas. Te comenta todo lo que te haría. Lo que te tocaría. Lo que te metería. Lo que te sacaría. Lo que te vería. Tú, tú encantada de la vida. Lo quieres. Lo realmente pinches quieres. Le mandas fotos, le dices lo que le harías. Lo que le tocarías. Lo que le lamerías. Lo que le sacarías. Lo que verías. Él, él encantado de la vida. Te dice que ya se vino y la sigue teniendo dura. Te gime y te lo manda por notita de voz. Confiesa la longitud del chorro, de las palpitaciones...
Te vienes, se viene, se vienen. Se "mi amorean", se "mi bebeéan", se "mi reynean". Se dicen lo mucho que les gustaría estar en el mismo lugar, en la misma ciudad, en el mismo cuarto, en la misma cama. Se desean; pero saben que así están bien. Él continúa con su novia y tú con tu vida de soltera-hija de papi-universitaria. Te repites constantemente que la vida es hermosa. Vas al servicio social y lo único que deseas es sentir esa humedad en tu vagina que indica lo caliente que estás, lo mucho que te quieres meter su pene para que te fotocopie por el anverso y el reverso, por arriba y (descubriendo cosas nuevas), por abajo, justo entre tus pies.
Pero, al final del día, al final de uno de esos días, decides que es suficiente. Que ya no quieres más. Que lo que hacen está mal. Sale a escena una depresión disfrazada de moral. Contemplas lo que él tiene (novia) y lo que tú posees (soledad). Estás consciente de que él está haciendo todas tus fantasías realidad con ella. Que mientras se la coge, mientras siente sus senos, su cadera, su cintura, tú, tú estarás viendo una película de HBO en la sala. Sobre el sofá. Sola. Éso es lo que te queda de él: su ausencia. "Bloquéalo de Twitter, bloquéalo de WA, de Telegram, pónlo en la lista de teléfonos no deseados, elimina toda la conversación, quita las fotos, las grabaciones, todo. Se lo merece. Es un maldito zorro. Engaña a su novia contigo. Eres la puta, la perra, la amante de alguien que ni conoces en persona", te dice tu cabecita y te dice bien.
"Por éso, por éso es que no tienes novio. Por miedo. Miedo a que no le gustes toda, a que no te ame lo suficiente, a que te engañe con la pendeja needy que se topó en una aplicación de citas", te dice tu cabecita (sí, también) y dice bien, también.
Por fin. Después de hacerlo. Después de recuperar tu autoestima, sales a la calle. Te topas con mil parejitas. Feos con feas, guapos con guapas, guapos con feas, feos con guapos, (y también admítase sus combinaciones homosexuales). Descubres que el amor es hermoso. Que hay alguien por allí para ti. Que sólo es cuestión de tiempo. Que puede estar a la vuelta de la esqui... PUTA MADRE.
En la esquina, pero de la acera de enfrente, está el pendejazo que te trajo como imbécil cuatro años de tu vida. Sí, el idiota que te gustaba en la secundaria. Al que le juraste amor eterno y que después de él no podrías amar a nadie más (lo cual ha sido relativamente cierto). Lo viste. Se vieron. Seguiste. Siguió. Mientras te alejabas lo más rápido posible de la zona, contabas una y otra vez las ocasiones en que te has sentido liberada, capaz de amar y ser amada, y se ha aparecido él. Como una especie de señal, la cual se puede bifurcar: AJÁ, SEGURO, ¿AMAR?, ¿PARA TI?, JAJAJAJA, NO. TEN, ALLÍ ESTÁ LA PRUEBA DE QUE TE QUEDARÁS SOLA PARA SIEMPRE, o la otra AJÁ, SEGURO, ¿AMAR?, ¡SÍ!, ALLÍ ESTÁ AL QUE SIEMPRE HAS AMADO, AL QUE NO PUEDES SUPERAR, ÁMALO, ÁMENSE, SIEMPRE FUERON EL UNO PARA EL OTRO.
Lo que sí es que su mirada y su olímpica ignorada hacia tu persona te deja muy en claro que es la primera opción de señal, by far. Lo escribes en tu blog, y esperas suprimir el episodio mientras, irónicamente, se lo compartes al mundo entero. ¡Bien ahí!
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