domingo, 27 de julio de 2014

Parte 1.

Yo nunca olvido un rostro. Jamás. Tengo tan buena memoria para éso, no para las matemáticas, no para la cocina... Quizá no recuerde tu nombre ni en dónde nos conocimos, sólo sé que vi tu cara en alguna parte y éso es lo único que importa. 

Pero, ¿para qué me serviría tremendo don? 

Caminas rumbo al metro, y te topas con empleados, estudiantes, bebés, taxistas, vagabundos, gente sentada en la banqueta esperando que las repuestas que exige su vida bajen a través del rayo de luz solar que cae tan duramente sobre nuestras cabezas. Sabes que las recordarás, que por más que quieras, estarán almacenadas allí, en algún espacio de tu cerebro. 

Sacas la cartera, compras dos boletos, pasas los torniquetes, subes las escaleras, bajas las escaleras, caminas al fondo del andén, siempre lo mismo. Hay veces que no sabes cómo es que de tu cama llegaste hasta allá. La rutina. Tienes los audífonos rosas puestos. El volumen es tan alto que no escucharías ni los gritos tipludos que emanan del aparato fonador de tu madre. 

Se acerca el convoy y ves la expresión desanimada, cansada, aburrida, hastiada del conductor. Un hombre de treinta años, cara común, aspecto común, pero quizás con la mente llena de expectativas sin cumplir, rebosada por tanto tiempo sin ver un sueño convertido en realidad. Encerrado en un cachito de mundo, oscuro, hostil, deshumanizado, lleno de botones y con la vida de cientos acarreando a cuestas. Es lógico, entonces, la curvatura de su espalda y la ligera joroba que se le comienza a notar. 

Te subes. Vendedores ambulantes, niños llorando, señoras maquillándose, hombres a duerme vela, gente con los lentes oscuros puestos (que ya no criticas porque tú lo has hecho alguna vez) y miradas hacia abajo, perdiendo las emociones negativas en alguna aplicación para el celular. Curioso, bajamos apps dizque para estar más comunicados con los que queremos y nuestra burbuja, entre más las usamos, más gruesa se va haciendo. 

Tú te recargas en una de las paredes del vagón. Estás en una de esas líneas que estar en el exterior. Ves el paisaje urbano que de lindo hace mucho no tiene nada; a pesar de que en tu biografía de Instagram afirmes que la belleza está en todos lados. Piensas en lo que harás en la oficina, en que esa canción ya no te gusta más, que debes decirle adiós a ciertas canciones que ya no representan parte de tus gustos. Te checas el maquillaje con el reflejo que te proporciona la superficie del smartphone y continúas viendo a la nada y al todo. 

Desciendes del transporte y caminas, procurando no pegar o ser pegada. Procurando no cruzar visión alguna, no llamar la atención, ser alguien más del montón. Avanzar rápido hasta donde la multitud te lo permita. Caminas y te alegras de que nunca tuviste que bajar la velocidad porque no tuviste que chocar con la gente, te encierras y éso es algo bueno. 

Transbordo finalizado. Alcanzas las puertas abiertas del nuevo tren, y te encuentras con rostros de preocupación, maldad, flojera, desesperación, aburrimiento y de envidia, mezclado con enojo y un toca de perraldad. 

A ti te vale madre, como tú le vales madre al resto del mundo. Te sumerges en la alberca musical que traes en los oídos, la frescura de las notas contrarresta el vapor de sauna que se genera dentro de un vagón en hora pico. Hubieran subido los dos pesos al boleto bajo esa consigna: AQUÍ VIENES Y TE DESINTOXICAS, SIN NECESIDAD DE GASTAR EN OTRO LADO, ¿VES?, NOSOTROS PROCURANDO TU BIENESTAR. 

Aprovecho... Mancera, púdrete. Voté por ti y has sido mi segunda mayor decepción, después de ese niñato de secundaria que me hizo mi vida de prepuberta algo así o más horrorosa.

Equis. 

(Escribo después). 


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